El año pasado, durante una mesa redonda en el Instituto Cervantes de Nueva York en la que participábamos entre otros Antonio Muñoz Molina y yo, alguien entre el público preguntó qué opinábamos del advenimiento del libro digital. Yo dije que suponía un cambio tan transformador como el del tipo móvil inventado por Gutenberg hace cinco siglos. Muñoz Molina tomó la palabra y me llamó paleto y provinciano, alegando que lo digital era una moda pasajera. Con un par.