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El último café que quedaba en Busséol cerró haces ya unos cuantos años. Desde entonces, los cerca de 180 habitantes de esta pequeña aldea francesa vivían su día a día sin un solo lugar de encuentro social. Un sitio donde echar unas risas, unas cartas, chismorreos... ya sabes. Antes de que el viejo café echara el cierre, lo había hecho el horno municipal. Y también el lavadero. Y la única cabina telefónica del pueblo. Incluso la iglesia estaba inutilizada (¡Por Dios!). Hasta que un día llegaron al pueblo unos benditos locos montados en bici. En una semana todo cambió.

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